Tras la caída del Muro de Berlín,
en 1989, y una vez concluidas las tensiones ideológicas entre Este y Oeste,
aparece la preocupación por parte de los países poderosos de acabar con la
dicotomía económica Norte-Sur. De este modo a lo largo de la década de los
noventa se llevan a cabo distintas cumbres en las que se debaten los posibles
modos de alcanzar estas pretensiones. Finalmente, en el año 2000, en la Cumbre
del Milenio celebrada en Nueva York, se firma la Declaración del Milenio, en la
que quedan especificadas 8 líneas generales de trabajo.
Los Objetivos de Desarrollo del
Milenio consisten en 8 puntos, desarrollados y acordados por los 189 países que
conforman las Naciones Unidas, que buscan mejorar los sistemas y los métodos en
cada país para alcanzar un nivel mayor de desarrollo humano. Los distintos
objetivos que componen la lista deben ser alcanzados para el 2015, fecha
límite.
Estos 8 propósitos parecen nobles, su consecución, perfectamente
deseable, y además, algunos de los países comprometidos ya han logrado las
metas establecidas. Los objetivos se
centran en reducir la pobreza, conseguir la igualdad entre hombres y mujeres,
erradicar el SIDA, reducir la mortalidad infantil, etc. Sin duda alguna se
podrían decir cosas muy buenas de estas aspiraciones, pero casualmente, también
se pueden decir muchas malas.
En primer lugar, estas ideas que
se persiguen no atacan a las verdaderas razones del subdesarrollo. Éste tiene
unos orígenes históricos determinados y es causa directa de la naturaleza del
sistema político, económico y social en el que se encuadra la realidad
internacional. Con el establecimiento de estos objetivos solo se busca paliar
las consecuencias, como el hambre y la pobreza, pero no las causas. Se trata
entonces de un simple parche mal enfocado, puesto que, sin atender a la
verdadera raíz del asunto no se podrán solucionar dichos problemas.
A primera vista se puede deducir
sin mucha dificultad, que estos objetivos son descaradamente hipócritas. Uno no
tiene más que pararse a leer el Objetivo número 7, que aboga por la
sostenibilidad medioambiental. ¿Acaso el desarrollo de los países ricos no se
ha valido de una profusa destrucción del medio al servicio de la economía?
Por otro lado se acusa la falta
de consideraciones políticas a lo largo de todo el texto. No se observa la
democracia como un factor de desarrollo y no se mencionan los derechos humanos,
ni sociales, ni políticos, ni económicos, y su necesaria consecución para un
desarrollo real. Queda manifiesta la falta de análisis de situaciones concretas
en detrimento de una visión excesivamente generalista. En el caso del Objetivo
3, por la igualdad entre hombres y mujeres, resalta la dificultad que existe para lograr
este objetivo en países en los que factores como la política o la religión entorpecen
la consecución de esta meta, como en el caso de los países del Islam.
Es importante tener presente que
el texto ha surgido de diversas cumbres entre fuerzas políticas de distintos
países. No cabe duda entonces de que la opinión de la población civil no ha
tenido cabida en ninguna de ellas. Sin embargo, esta se ha dado por
representada mediante ONGs que, no solamente tienen su origen en países del
Norte, sino que además en estas reuniones constituían un órgano únicamente
consultivo, sin voto.
Exponen los datos mediante una
dudosa cuantificación. No parece justo que estimemos la pobreza de igual manera
en un país pobre que en uno rico, en uno pequeño que en uno grande, o que
consideremos que las posibilidades de vida con un dólar americano al día son
las mismas en todos los rincones del planeta. Los datos expuestos carecen de
un necesario análisis contextual de cada
uno de los casos. En definitiva, el problema radica en que se hace referencia a
numerosas cifras sin especificar los contenidos. Se ha reducido la mortalidad
materna, pero, ¿se han producido mejoras en la salud reproductiva? ¿Nos hemos
obcecado en conseguir una cifra y no un avance real?
Con todo esto, el objetivo que
más críticas admite es, sin duda alguna, el octavo. Este resulta excesivamente denso y como bien
nos ha enseñado el refranero español, quien mucho abarca poco aprieta. No se le
ha impuesto una fecha límite, lo cual hace sospechar
que es una mera declaración de intenciones muy generalistas a modo de
conclusión. Es el punto que realmente recoge medidas que podrían dar con la
raíz de los problemas del desarrollo, haciendo una importante referencia a la necesaria
movilización mundial. De todos modos tiene unas líneas generales ampliamente
europeístas y propone medidas de actuación que siguen siendo insuficientes. Por
ejemplo, resultaría imposible, dentro del modelo económico internacional en el
que nos encontramos, el crecimiento y desarrollo económico de los países más
pobres sólo con la liberalización parcial del comercio.
Los Objetivos del Milenio no
parecen más que un intento de los países más ricos por acabar con su
culpabilidad estableciendo vagas medidas para ayudar al desarrollo de los más
desfavorecidos. Son muchos los países que aun no han cumplido los propósitos.
Las cifras perseguidas (reducir a la mitad, reducir en tres cuartas partes)
resultan siempre deseables pero en
ningún caso suponen una solución. Si bien es cierto que, más o menos
criticable, cualquier intento por acabar con problemas como el hambre o la
pobreza debería ser aplaudido y que toda mejora en esta situación ha de ser
motivo de alegría, siempre debemos exigir más a aquellos que tienen poder y
medios.
Pilar Rodríguez Laguna