domingo, 24 de junio de 2012

LA GRAN ESTAFA DE LOS OBJETIVOS DEL MILENIO




Tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, y una vez concluidas las tensiones ideológicas entre Este y Oeste, aparece la preocupación por parte de los países poderosos de acabar con la dicotomía económica Norte-Sur. De este modo a lo largo de la década de los noventa se llevan a cabo distintas cumbres en las que se debaten los posibles modos de alcanzar estas pretensiones. Finalmente, en el año 2000, en la Cumbre del Milenio celebrada en Nueva York, se firma la Declaración del Milenio, en la que quedan especificadas 8 líneas generales de trabajo. 

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio consisten en 8 puntos, desarrollados y acordados por los 189 países que conforman las Naciones Unidas, que buscan mejorar los sistemas y los métodos en cada país para alcanzar un nivel mayor de desarrollo humano. Los distintos objetivos que componen la lista deben ser alcanzados para el 2015, fecha límite. 

Estos 8 propósitos  parecen nobles, su consecución, perfectamente deseable, y además, algunos de los países comprometidos ya han logrado las metas establecidas.  Los objetivos se centran en reducir la pobreza, conseguir la igualdad entre hombres y mujeres, erradicar el SIDA, reducir la mortalidad infantil, etc. Sin duda alguna se podrían decir cosas muy buenas de estas aspiraciones, pero casualmente, también se pueden decir muchas malas. 

En primer lugar, estas ideas que se persiguen no atacan a las verdaderas razones del subdesarrollo. Éste tiene unos orígenes históricos determinados y es causa directa de la naturaleza del sistema político, económico y social en el que se encuadra la realidad internacional. Con el establecimiento de estos objetivos solo se busca paliar las consecuencias, como el hambre y la pobreza, pero no las causas. Se trata entonces de un simple parche mal enfocado, puesto que, sin atender a la verdadera raíz del asunto no se podrán solucionar dichos problemas.

A primera vista se puede deducir sin mucha dificultad, que estos objetivos son descaradamente hipócritas. Uno no tiene más que pararse a leer el Objetivo número 7, que aboga por la sostenibilidad medioambiental. ¿Acaso el desarrollo de los países ricos no se ha valido de una profusa destrucción del medio al servicio de la economía?

Por otro lado se acusa la falta de consideraciones políticas a lo largo de todo el texto. No se observa la democracia como un factor de desarrollo y no se mencionan los derechos humanos, ni sociales, ni políticos, ni económicos, y su necesaria consecución para un desarrollo real. Queda manifiesta la falta de análisis de situaciones concretas en detrimento de una visión excesivamente generalista. En el caso del Objetivo 3, por la igualdad entre hombres y mujeres,  resalta la dificultad que existe para lograr este objetivo en países en los que factores como la política o la religión entorpecen la consecución de esta meta, como en el caso de los países del Islam. 

Es importante tener presente que el texto ha surgido de diversas cumbres entre fuerzas políticas de distintos países. No cabe duda entonces de que la opinión de la población civil no ha tenido cabida en ninguna de ellas. Sin embargo, esta se ha dado por representada mediante ONGs que, no solamente tienen su origen en países del Norte, sino que además en estas reuniones constituían un órgano únicamente consultivo, sin voto.

Exponen los datos mediante una dudosa cuantificación. No parece justo que estimemos la pobreza de igual manera en un país pobre que en uno rico, en uno pequeño que en uno grande, o que consideremos que las posibilidades de vida con un dólar americano al día son las mismas en todos los rincones del planeta. Los datos expuestos carecen de un  necesario análisis contextual de cada uno de los casos. En definitiva, el problema radica en que se hace referencia a numerosas cifras sin especificar los contenidos. Se ha reducido la mortalidad materna, pero, ¿se han producido mejoras en la salud reproductiva? ¿Nos hemos obcecado en conseguir una cifra y no un avance real? 

Con todo esto, el objetivo que más críticas admite es, sin duda alguna, el octavo.  Este resulta excesivamente denso y como bien nos ha enseñado el refranero español, quien mucho abarca poco aprieta. No se le ha impuesto una fecha límite, lo cual hace sospechar que es una mera declaración de intenciones muy generalistas a modo de conclusión. Es el punto que realmente recoge medidas que podrían dar con la raíz de los problemas del desarrollo, haciendo una importante referencia a la necesaria movilización mundial. De todos modos tiene unas líneas generales ampliamente europeístas y propone medidas de actuación que siguen siendo insuficientes. Por ejemplo, resultaría imposible, dentro del modelo económico internacional en el que nos encontramos, el crecimiento y desarrollo económico de los países más pobres sólo con la liberalización parcial del comercio. 

Los Objetivos del Milenio no parecen más que un intento de los países más ricos por acabar con su culpabilidad estableciendo vagas medidas para ayudar al desarrollo de los más desfavorecidos. Son muchos los países que aun no han cumplido los propósitos. Las cifras perseguidas (reducir a la mitad, reducir en tres cuartas partes) resultan siempre  deseables pero en ningún caso suponen una solución. Si bien es cierto que, más o menos criticable, cualquier intento por acabar con problemas como el hambre o la pobreza debería ser aplaudido y que toda mejora en esta situación ha de ser motivo de alegría, siempre debemos exigir más a aquellos que tienen poder y medios.

Pilar Rodríguez Laguna 

3 comentarios:

  1. Discrepo en cuanto a esos supuestos derechos humanos,pueden que hayan hecho más daño que bien.

    Pero me gusta que escribas así, muy bien espadachín!

    En cuanto a lo otro, échale un vistazo a mi grieta.


    Besos!

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    1. ¡Habrá que discutirlo con una botella de vino en cualquiera de las capitales! jajaja

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