El pueblo sanciona al partido que falla en su legislatura privándole del poder, pero esto a veces, la mayoría de las veces, no ocurre, porque nos gusta recibir palos o somos muy cerrados de mente. O todavía no hemos conseguido aprender de las grandes revoluciones de la historia que aquello que no funciona, ha de cambiarse. Parece que esta premisa solo le ha servido al capitalismo en su lucha interminable por seguir siendo un cíclico desastre.
Quienes permanecen impasibles ante el progresivo recorte de libertades parece que digieren bien la idea de que "vivíamos demasiado bien". Como si fuera culpa nuestra. Como si los activos tóxicos fueran culpa nuestra. Como si la corrupción y los pactos entre bancos, gobiernos y medios fuesen nuestros sueños hechos realidad. ¿Y por qué no moverse? Porque no hay derecho a protestar. Y si lo hay, ya te lo descontarán de algún otro derecho (o del sueldo). Salir a la calle, ¿sirve en realidad para algo?
Desde luego, las "revoluciones" de ahora no son las revoluciones de antes. Desde luego, los bolcheviques no se sentaron en una plaza a reunirse en asamblea y hacer pancartas (OJO! para nada desestimo el método asambleario como corolario de la organización social). Claro, levantarse en armas ahora está difícil, pero, si resulta peligroso rodear el Parlamento porque un infinito cordón policial amenaza con dejarnos tuertos, no dudaría en afirmar que a estos inconformistas de hace un siglo tampoco se lo pusieron en bandeja. A lo mejor tenían más pelotas, estaban mejor organizados (y parece mentira, con el fenómeno redes sociales), o quizás, simplemente, estaban convencidos de que las cosas no pueden, deben cambiarse en favor del progreso.
Quizás ahora no lo pensamos porque nos han dicho que lo normal es pasarlas putas, que vivir bien es un sueño y la justicia, la más inverosímil de las utopías. Por supuesto que nos pueden convencer de ello. No hay la más mínima dificultad en lograrlo. Coge a un pobre hombre que después de 8 horas trabajando es incapaz de sumar 2+2, siéntale frente a una pantalla, estudia el cerebro, los estímulos visuales. Estudia los tiempos de atención, estímulos auditivos, procesos lingüísticos, elabora un discurso y deja que el individuo absorba asiduamente todo lo que en él quiera depositarse. ¿Por qué un periodismo de calidad? ¿Por qué nuevos modelos educativos? ¿Por qué ser críticos y reaccionarios?
Porque si no, estamos vendidos.
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