EL ARGUMENTO MORAL
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RUSSELL: Pero ¿ahora no está diciendo, en efecto, que entiende por Dios todo
cuanto es bueno, o la suma total de lo que es bueno, el sistema de lo que es
bueno, y, por lo tanto, cuando un joven ama algo bueno, ama a Dios? ¿Es eso
lo que dice? Porque, si lo es, hay que discutirlo.
COPLESTON: No digo, claro está, que Dios sea la suma total o el sistema de lo
bueno en el sentido panteísta; no soy panteísta, pero sí creo que toda bondad
refleja a Dios de alguna forma y procede de Él, de modo que el hombre que
ama lo que es realmente bueno, ama a Dios, aun cuando no advierta a Dios.
Pero convengo en que la validez de esta interpretación de la conducta de un
hombre depende del reconocimiento de la existencia de Dios, evidentemente.
RUSSELL: Sí, pero ése es un punto que hay que probar.
COPLESTON: De acuerdo, pero yo considero que lo prueba el argumento
metafísico y ahí diferimos.
RUSSELL: Verá, yo entiendo que hay cosas buenas y cosas malas. Yo amo las
cosas que son buenas, que yo creo que son buenas, y odio las cosas que creo
malas. No digo que las cosas buenas lo son porque participan de la divina
bondad.
COPLESTON: Sí, pero ¿cuál es su justificación para distinguir entre lo bueno y lo
malo, o cómo se las arregla para distinguir ambas cosas?
RUSSELL: No necesito justificación alguna, como no la necesito cuando distingo
entre el azul y el amarillo. ¿Cuál es mi justificación para distinguir entre el azul
y el amarillo? Veo que son diferentes.
COPLESTON: Estoy de acuerdo en que ésa es una excelente justificación. Usted
distingue el amarillo del azul porque los ve, pero ¿cómo distingue lo bueno de
lo malo?
RUSSELL: Por mis sentimientos.
COPLESTON: Por sus sentimientos. Bien, eso era lo que yo preguntaba. ¿Usted
cree que el bien y el mal hacen referencia simplemente al sentimiento?
RUSSELL: Bien, ¿por qué un tipo de objeto parece amarillo y otro azul? Puedo
darle una respuesta a eso gracias a los físicos, y en cuanto a que yo considere
mala una cosa y otra buena, probablemente la respuesta es de la misma clase,
pero no ha sido estudiada del mismo modo y no se la puedo dar.
COPLESTON: Bien, tomemos por ejemplo el comportamiento del comandante
de Belsen. A usted le parece malo e indeseable, y a mí también. Para Adolfo
Hitler, me figuro que sería algo bueno y deseable. Supongo que usted
reconocerá que para Hitler era bueno y para usted malo.
RUSSELL: No, no voy a ir tan lejos. Quiero decir que hay gente que comete
errores en eso, como puede cometerlos en otras cosas. Si tiene ictericia verá
las cosas amarillas aun cuando no lo sean. En eso comete un error.
COPLESTON: Sí, uno puede cometer errores, pero ¿se puede cometer un error
cuando se trata simplemente de una cuestión referida a un sentimiento o a una
emoción? Seguramente Hitler sería el único juez posible en lo relativo a sus
propias emociones.
RUSSELL: Tiene razón al decir eso, pero puede decir también varias cosas sobre
los demás; por ejemplo, que si eso afectaba de tal manera las emociones de
Hitler, entonces Hitler afecta de un modo totalmente distinto a mis emociones.
COPLESTON: Concedido. Pero ¿no hay criterio objetivo, aparte del sentimiento,
para condenar la conducta del comandante de Belsen, según usted?
RUSSELL: No más que para una persona daltónica que se encuentra
exactamente en la misma posición. ¿Por qué condenamos intelectualmente al
daltónico? ¿Porque se trata de una minoría?
COPLESTON: Yo diría que es porque le falta algo que normalmente pertenece a
la naturaleza humana.
RUSSELL: Sí, pero si se tratara de una mayoría, no diríamos eso.
COPI.ESTON: Entonces, usted diría que no hay criterio aparte del sentimiento
que nos permita distinguir entre la conducta del comandante de Belsen y la
conducta, por ejemplo, de Sir Strafford Cripps, o del Arzobispo de Canterbury.
RUSSELL: Lo del sentimiento es demasiado simple. Hay que tener en cuenta los
efectos de los actos y los sentimientos hacia ésos efectos. Como verá, puede
provocar una discusión, si usted dice que cierta clase de sucesos le agradan y
que otros no le agradan. Entonces, tendría que tener en cuenta los efectos de
las acciones. Puede decir muy bien que los efectos de las acciones del
comandante de Belsen fueron dolorosos y desagradables.
COPLESTON: Indudablemente lo fueron, de acuerdo, para toda la gente del
campo.
RUSSELL: Sí, pero no sólo para la gente del campo, sino también para los
extraños que los contemplaban.
COPLESTON: Sí, completamente cierto. Pero ése es mi criterio. No apruebo
esos actos, y sé que usted no los aprueba, pero no veo razón alguna para no
aprobarlos, porque, después de todo, para el comandante de Belsen esos actos
era agradables.
RUSSELL: Sí, pero ve que en este caso no necesito más razones que en el caso
de la percepción de los colores. Hay personas que piensan que todo es amarillo,
hay gentes que sufren de ictericia, y yo no estoy de acuerdo con ellas. No
puedo probar que las cosas no son amarillas, no hay prueba de ello, pero la
mayoría de la gente está de acuerdo conmigo en que el comandante de Belsen
estaba cometiendo errores.
COPLESTON: Bien, ¿acepta alguna obligación moral?
RUSSELL: El responder a eso me obligaría a extenderme mucho. Hablando en
términos prácticos, sí. Hablando teóricamente, tendría que definir la obligación
moral muy cuidadosamente.
COPLESTON: Bien, ¿cree que la palabra «debo» tiene simplemente una
connotación emocional?
RUSSELL: No, no lo creo, porque, como decía hace un momento, uno tiene que
tener en cuenta los efectos, y yo opino que la buena conducta es la que
probablemente produciría el mayor saldo posible en valor intrínseco de todos
los actos posibles de acuerdo con las circunstancias, y hay que tener en cuenta
los efectos probables de una acción al considerar lo que es bueno.
COPLESTON: Bien, yo traje a colación la obligación moral porque pienso que
uno puede acercarse por ese camino a la cuestión de la existencia de Dios. La
gran mayoría de la raza humana hará, y siempre ha hecho, alguna distinción
entre el bien y el mal. La gran mayoría, a mi entender, tiene alguna conciencia
de una obligación en la esfera moral. Yo opino que la percepción de valores y la
conciencia de una ley y una obligación morales tienen su mejor aplicación en la
hipótesis de una razón trascendente del valor y de un autor de la ley moral. No
entiendo por «autor de la ley moral» un autor arbitrario de la ley moral. Creo,
en realidad, que esos ateos modernos que han sostenido, a la inversa, «no hay
Dios; por lo tanto, no hay valores absolutos ni ley absoluta» son
completamente lógicos.
RUSSELL: No me gusta la palabra «absoluto». No creo que haya nada absoluto.
La ley moral, por ejemplo, cambia constantemente. En un período del
desarrollo de la raza humana casi todo el mundo pensaba que el canibalismo
era un deber.
COPLESTON: Bien, no veo que las diferencias entre juicios morales particulares
constituyan ningún argumento concluyente contra la universidad de la ley
moral. Supongamos por el momento que hay valores morales absolutos; incluso
manejando esta hipótesis sólo se puede esperar que diferentes individuos y
diferentes grupos posean diversos grados de percepción de esos valores.
RUSSELL: Me siento inclinado a pensar que «debo», el sentimiento que uno
tiene acerca de «debo», es un eco de lo que nos han dicho nuestros padres y
nuestras ayas.
COPLESTON: Bien, yo me pregunto si se puede acabar con la idea del «debo»
solamente en términos de ayas y de padres. Realmente no sé cómo puede ser
transmitida a nadie en otros términos que los propios. Me parece que, si hay un
orden moral que pesa sobre la conciencia humana, entonces ese orden moral
es ininteligible sin la existencia de Dios.
RUSSELL: Entonces, tiene que elegir una de las dos cosas. O Dios sólo habla a
un pequeño porcentaje de la humanidad -que da la casualidad que le
comprende a usted-, o deliberadamente dice cosas que no son ciertas, cuando
se dirige a la conciencia de los salvajes.
COPLESTON: Bien, yo no estoy sugiriendo que Dios dicte realmente los
preceptos morales a la conciencia. Las ideas humanas del contenido de la ley
moral dependen, desde luego, en gran parte de la educación y del medio, y un
hombre tiene que usar su razón al estimar la validez de las ideas morales reales
de su grupo social. Pero la posibilidad de criticar el código moral aceptado
presupone que hay un patrón objetivo, que hay un orden moral ideal, que se
impone (quiero decir, cuyo carácter obligatorio puede ser reconocido). Creo que
el reconocimiento de este orden moral ideal es parte del reconocimiento de la
contingencia. Implica la existencia de un fundamento real de Dios.
RUSSELL: Pero el legislador siempre ha sido, a mi parecer, los padres o alguien
semejante. Hay muchos legisladores terrestres, lo que explica por qué las
conciencias de la gente son tan extraordinariamente distintas en diferentes
tiempos y lugares.
COPLESTON: Eso ayuda a explicar las diferencias de percepción de los valores
morales particulares, diferencias que de lo contrario son inexplicables. Ayudará
también a explicar los cambios en materia de ley moral, en el contenido de los
preceptos aceptados por esta o aquella nación, o este o aquel individuo. Pero
su forma, lo que Kant llama el imperativo categórico, el «debo», yo realmente
no sé cómo puede ser inculcado a nadie por los padres o las ayas, porque no
hay términos posibles, que yo sepa, con que se pueda explicar. No puede
definirse con otros términos que los suyos propios, porque una vez que se le ha
definido en otros términos que ésos, se ha terminado con él. Ya no es un deber
moral. Ya es otra cosa.
RUSSsELL: Bien, yo creo que el sentimiento del deber es la consecuencia de la
imaginaria reprobación de alguien; puede ser la imaginaria reprobación de Dios,
pero es la reprobación imaginaria de alguien. Y eso es lo que yo entiendo por
«deber».
COPLESTON: A mí me parece que todas las cosas externas, las costumbres y
tabús, son las que pueden ser explicadas en base al medio y la educación, mas
todo eso pertenece, a mi entender, a lo que llamo la materia de la ley, al
contenido. La idea de «deber» es tal que no puede ser inculcada a un hombre
por un jefe de tribu ni por nadie, porque no hay términos para ello. Me parece
perfectamente... (Russell interrumpe).
RUSSELL: Pero no encuentro ninguna razón para decir eso. Todos sabemos
algo sobre reflejos condicionados. Sabemos que un animal, si se le castiga
habitualmente por un determinado acto, a1 cabo de un tiempo dejará de
hacerlo. No creo que el animal deje de hacerlo porque se ha dicho «mi amo se
enfadará si hago esto». Tiene la sensación de que no debe hacer aquello. Eso
es lo que ocurre con nosotros y nada más.
COPLESTON: No veo ninguna razón que nos haga suponer que un animal tiene
conciencia de la obligación moral; y la verdad es que no consideramos a un
animal moralmente responsable por sus actos de desobediencia. Pero el
hombre tiene conciencia de la obligación y de los valores morales. No creo que
se pueda condicionar a los hombres, como se puede «condicionar» a un animal,
ni supongo que usted quisiera hacerlo realmente, aun cuando se pudiera. Si el
conductismo fuera cierto, no habría distinción moral objetiva entre el
emperador Nerón y San Francisco de Asís. No puedo menos que pensar, Lord
Russell, que usted considera la conducta del comandante de Belsen como
moralmente reprensible, y que usted jamás, bajo la circunstancia que fuese,
actuaría de ese modo, aun cuando pensase, o tuviera razones para pensar, que
posiblemente el saldo de felicidad de la raza humana podría aumentarse si se
tratase a algunas personas de esa manera abominable.
RUSSELL: No. Yo no imitaría la conducta de un perro rabioso. Pero el que no lo
hiciera no incumbe a la cuestión que estamos discutiendo.
COPLESTON: No, pero si usted estuviera dando una explicación utilitaria del
bien y del mal en términos de consecuencias, podría sostenerse, y yo supongo
que algunos de los mejores nazis lo habrán sostenido, que, aunque es
lamentable proceder de este modo, sin embargo, a la larga el saldo de felicidad
es mayor. No creo que usted afirme eso, ¿verdad? Yo creo que usted dirá que
esa acción es mala, en sí, aparte de que aumente o no la felicidad general.
Entonces, si está dispuesto a decir esto, creo que debe de tener cierto criterio
del bien y del mal, al margen del criterio del sentimiento. Para mí, ese
reconocimiento tendría como último resultado el reconocimiento de Dios, como
suprema razón de los valores existentes.
RUSSELL: Creo que nos estamos confundiendo. No es el sentimiento directo
hacia el acto el que me sirve de juicio, sino más bien el sentimiento hacia sus
efectos. Y no puedo reconocer circunstancia alguna en la cual ciertas clases de
conducta como las que ha estado poniendo como ejemplo podrían causar un
bien. No concibo circunstancias en las cuales pudieran tener un efecto
beneficioso. Creo que las personas que lo creen se engañan. Pero si hubiera
circunstancias en las que produjesen un efecto beneficioso, entonces podría
verme obligado a decir, aunque de mala gana, «No me gustan esas cosas, pero
las aceptaré», como acepto el Código Penal, aunque el castigo me molesta
profundamente.
COPLESTON: Bien, quizás ha llegado el momento de que yo haga un resumen
de mi postura. He discutido dos cosas. Primero, que la existencia de Dios puede
ser probada filosóficamente, mediante un argumento metafísico; segundo, que
sólo la existencia de Dios da sentido a la experiencia moral y a la experiencia
religiosa del hombre. Personalmente, opino que su modo de explicar los juicios
morales del hombre lleva inevitablemente a una contradicción entre lo que
exige su teoría y sus juicios espontáneos. Además, su teoría da de lado a la
obligación moral, y eso no es una explicación. Con respecto al argumento
metafísico, aparentemente estamos de acuerdo en que lo que llamamos mundo
consiste sencillamente en seres contingentes. Es decir, en seres carentes de
razón para su propia existencia. Usted dice que la serie de acontecimientos no
necesita explicación: yo digo que, si no hubiera un ser necesario, un ser que
tuviera que existir y no pudiera dejar de existir, no existiría nada. El carácter
infinito de la serie de seres contingentes, aun probado, no conduciría a nada.
Hay algo que existe; por lo tanto tiene que haber algo que explique este hecho,
un ser que esté al margen de la serie de seres contingentes. Si usted hubiera
admitido esto, podríamos haber discutido si ese ser es personal, bueno, etc. En
el punto sobre el que hemos realmente discutido, si hay o no un ser necesario,
yo estoy de acuerdo con la gran mayoría de los filósofos clásicos.
Usted sostiene, según creo, que los seres existentes existen sencillamente, y
que no hay justificación para plantear la cuestión de la explicación de su
existencia. Pero yo querría indicar que esta posición no puede fundamentarse
mediante el análisis lógico; expresa una filosofía que necesita pruebas. Creo
que hemos llegado a un callejón sin salida porque nuestras ideas filosóficas son
radicalmente diferentes; me parece que a lo que yo llamo una parte de la
filosofía, usted lo llama el total, al menos en lo que tiene de racional la filosofía.
Me parece, si me perdona que se lo diga, que además de su sistema lógico, que
llama «moderno» por oposición a la lógica anticuada (un adjetivo tendencioso),
defiende una filosofía que no puede ser verificada mediante el análisis lógico.
Después de todo, el problema de la existencia de Dios es un problema
existencial mientras que el análisis lógico no trata directamente los problemas
de la existencia. Luego, a mi modo de ver, declarar que los términos que
suponen una serie de problemas carecen de sentido, porque no son necesarios
para tratar otra serie de problemas, es establecer desde un principio la
naturaleza y la extensión de la filosofía, y esto en sí mismo es un acto filosófico
que necesita justificación.
RUSSELL: Bien, también yo diré unas cuantas palabras como resumen. Primero,
en cuanto al argumento metafísico: no admito las connotaciones del término
«contingente» o la posibilidad de explicación en el sentido del padre Copleston.
Creo que la palabra «contingente» inevitablemente sugiere la posibilidad de
algo que no tendría lo que llamaría usted el carácter accidental de existir
simplemente, y no creo que esto sea verdad excepto en el sentido puramente
causal. A veces se puede dar una explicación causal de algo diciendo que es el
efecto de otra cosa, pero esto es sólo referir una cosa a otra y no hay -a mi
entender- explicación alguna en el sentido del padre Copleston, ni tiene sentido
tampoco llamar «contingentes» a las cosas, porque no podrían ser de otra
manera. Esto es lo que yo diría acerca de eso, pero querría decir unas palabras
sobre la acusación del padre Copleston acerca de que considero la lógica como
el total de la filosofía, lo que no es así. No considero en absoluto la lógica como
el total de la filosofía. Creo que la lógica es una parte esencial de la filosofía y
que la lógica tiene que ser usada en filosofía, y creo que en eso él y yo estamos
de acuerdo. Cuando la lógica que él usa era nueva, a saber, en la época de
Aristóteles, hubo que darle una gran importancia; Aristóteles le dio pues una
gran importancia a la lógica. Ahora se ha hecho vieja y respetable y no hay que
darle tanta importancia. La lógica en que yo creo es relativamente nueva y, por
lo tanto, tengo que imitar a Aristóteles dándole mucha importancia; pero no es
que yo crea que representa toda la filosofía, no lo creo. Creo que es una parte
importante de la filosofía y, cuando digo eso, que no encuentro un significado
para esta o la otra palabra, se trata de una apreciación basada en lo que he
averiguado sobre esa palabra en particular, al pensar acerca de ella. No se trata
de una postura general que implique que todas las palabras usadas en
metafísica carezcan de sentido, o cosa semejante, que realmente yo no creo.
Con respecto al argumento moral advierto que cuando uno estudia antropología
o historia se da cuenta de que hay personas que piensan que su deber consiste
en realizar actos que yo considero abominables y, por lo tanto, no puedo
atribuir origen divino a la materia de la obligación moral, cosa que el padre
Copleston no me pide; pero creo que incluso la forma que toma la obligación
moral, cuando se trata de ordenarle a uno que se coma a su padre, por
ejemplo, no me parece una cosa muy noble y bella; y, por lo tanto, no puedo
atribuir origen divino a la obligación moral en este sentido que creo que puede
explicarse fácilmente de otras muchas maneras.

Esta parte es la mas "tranquila" de las tres. Me ha decepcionado al final el Grandísimo padre Copleston, creía que iba a decir muchas más sandeces tipo las dos primeras partes (aunque no se queda corto aqui)
ResponderEliminarHa estado muy entretenido el debate :D
fenomenalfenomenal.
Ya te lo dije en TW. tengo el titulo de un libro y un nombre y un par de artículos relacionados con dicho titulo para ti. Que los leas si no los has leído y opines al respecto (Si te apetece) El libro puedo pasartelo por correo que lo tengo en PDF asi es que si te interesa pues me pasas el correo por MD de twitter o yo que se xD. y no dejes de escribir. :)