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Durante el programa, cada invitado aportaba pinceladas sobre una definición que poco a poco iba tomando forma, sin llegar a nada en concreto, a ningún discurso hegemonizador, porque resolver el enigma de la identidad no es fácil. A la pregunta ¿quienes somos? sin duda, podríamos encontrar múltiples respuestas. Soy mi nombre y mi cara, soy mi labor, soy mis intereses, etc., pero sin embargo, en el momento de ponernos a dilucidar qué es la identidad, tenemos que considerar también la identidad social, y esto entendido no como quién somos en la sociedad, si no qué parte de la sociedad está inserta en nuestra forma de ser.
Sin duda, somos lo que sentimos, somos lo que queremos, lo que pensamos y como actuamos en consecuencia. Sobre todo, esto último merece especial atención. El cómo actuamos simboliza en última instancia cómo somos, por eso se dice aquello de "pensar antes de actuar", para que nuestras acciones no se desboquen y tengan algo de la impronta de nuestro raciocinio en ellas. Así mismo, las cosas que hacemos, sin tener en cuenta cómo pensamos, son las que los demás perciben de nosotros, es la forma en la que nos damos a conocer, la única muestra que los demás tienen sobre nuestro pensar. Esta consideración que los demás hacen sobre nosotros va conformando la imagen que los demás tienen de nosotros, y así, se crea una identidad externa a nosotros, aunque no legitimadora ni independiente, pues depende de nuestros actos, que dependen de nuestro raciocinio.
En definitiva, llegados a este punto, hay que asumir que nuestra identidad se forma en buena parte por lo que los demás piensan de nosotros, que se traduce en la manera en la que interactúan con nosotros, y en última instancia, en la consideración que nosotros mismos acabamos por tener de nuestra persona (si los demás te tratan como un tonto, acabarás pensando que lo eres y actuando en consecuencia, cerrando este círculo de acción-consideración-aceptación-acción otra vez). Una vez un profesor filósofo dijo en clase que lo que uno piensa y lo que piensan los demás acaba por conformar la realidad.
No querría terminar sin hacer una mención a lo comentado anteriormente sobre la impronta que la historia de las sociedades deja en nuestra identidad. Teniendo en cuenta acontecimientos históricamente relevantes, como la hegemonía de la religión cristiana desde la época romana, se pueden percibir ciertas reminiscencias en nuestro comportamiento, como, por ejemplo, esa culpabilidad o falsa moralidad que denunciaba Nietzsche, o ciertas reticencias sexuales, homofóbicas, etc. Entonces, no solo somos lo que pensamos y lo que hacemos (con su consiguiente apreciación por los demás) si no que, todo esto se conforma en base al lugar y el tiempo en el que vivimos, y a la historia que precede a nuestro momento.

Me ha recordado a las ideas de Berger que expone que tenemos interiorizados unos mandamientos sociales que cumplimos sin ser coaccionados, el filósofo nos habla de la sociedad como cárcel que impide actuar libremente por temor a las represalias de la mayoría, ligado al qué dirán de nosotros al que mencionabas en tu artículo
ResponderEliminarVaya! tendré que leer algo de Berger, qué interesante!
ResponderEliminarLa sociedad es un poderoso yugo que no solo nos hace precabidos a la hora de actuar, si no que también configura nuestras acciones, así, cosas que creemos que queremos son en realidad fruto de nuestra educación social :)